Evolución fallida
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Evolución fallida

ForoVinotinto
2016-02-21 00:35:02
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¿A qué juega la Vinotinto de Sanvicente? La pregunta se ha repetido con sorna entre algunos hinchas y periodistas. Pues bien, en este trabajo se pretende dar respuesta, con minucioso detalle, a esa incógnita. Paseando por cada fase del juego, se exponen las características que ha mostrado la selección bajo el mandato del actual seleccionador

Por Lizandro Samuel (@LizandroSamuel) y Juan Ignacio Sanoja (@JuanSanoja)

 

Está harto manoseada la comparación entre la Tierra y la pelota. Pero el símil no caduca. Un espejo divide la cancha y la vida. Se parecen, se reflejan. No importan tus problemas, la Tierra seguirá girando. Dan igual tus limitaciones, es hora de preparar el siguiente partido. El cambio, en ambos contextos, es inminente. Depende del talento y trabajo de cada quien poder orientarlo hacia caminos prósperos: es decir, hacia la evolución. Sin embargo, como bien queda claro desde el minuto uno, aquí lo único seguro es la muerte. Venezuela se encomendó al Chita. Y Noel se puso a trabajar. Los jugadores, no obstante, no son un numerito, en una pantalla, que indica su talento. Son creencias y un cúmulo de experiencias y emociones a los que el entrenador debe saber seducir, convencer. Desde el primer día, se pusieron las bases sobre las que se construiría la nueva mansión vinotinto: era el esqueleto de la evolución. Pero algo pasó. El olfato del Chita dejó de distinguir olores. Al mapa dibujado le salió moho. Y la brújula dejó de funcionar. ¿Qué ocurrió?

Querer no siempre es poder / Ataque posicional

Con espíritu de escultor, Noel Sanvicente se sentó frente al torno y empezó a moldear lo que sería su Vinotinto. La misma palabra que lo ha definido a él y a sus equipos debía identificar a este nuevo proceso: adaptación. Sin embargo, su instinto de Chita esta vez le falló y la escultura en la que trabajaba lució deforme, con apenas ciertos rasgos que permitían dilucidar cuál era el camino escogido.

Noel advirtió que para poder clasificar al Mundial era imprescindible adquirir más herramientas para jugar con la pelota. No es necesario que un equipo haga posesiones de highlights de YouTube, pero hay ciertos conceptos que todo conjunto y futbolista deben manejar si pretenden llegar a la élite. Salir jugando, saber pararse en campo contrario con balón dominado y poder ocupar bien el área rival, eran ideas que la Vinotinto necesitaría tener claras si pretendía trascender. Con ánimo de artesano, Noel empezó a trabajar. Si algo le jugó en contra fue su propia ambición: la artesanía demanda tiempo y él no lo tenía.

En la gira de Asia se cimentaron los primeros intentos de arrancar las jugadas desde atrás. No hay que confundirse: ese no parecía ser el plan a. Tampoco el b. Era ambos al mismo tiempo. Sanvicente declaró que quería un equipo que pudiera progresar de forma ordenada con la pelota, pero que si hacía falta pudiese hacer daño siendo muy directo. En aras de mejorar en el primer rubro, Edgar Jiménez recibió la confianza del cuerpo técnico, como titular, en dos de los primeros cuatro amistosos. Él y Rafa Acosta, quienes llegaron a dominar el fútbol venezolano con el contracultural Mineros de Páez, eran las apuestas principales para acompañar al laborioso Tomás Rincón.

La escultura se fue desmoronando con el peso de la realidad. En toda la era Sanvicente, la Vinotinto sólo ha sido capaz de salir jugando cuando no la presionan. Bastó que una ganosa Jamaica, por ejemplo, decidiera estorbar a Vizcarrondo, Amoebieta, Rosales y Cichero, para hacerlos lucir como amateurs con el balón en los pies. Que se entienda, no es fácil evolucionar algo tan arraigado a la formación infantil/juvenil: por muy alto que volaran las ganas de estos seleccionados, las deficiencias formativas los ataban al piso. Un ejemplo para resaltar es el de Baroja: la sola presencia de un rival a pocos metros de distancia lo obligaba a sacar la pelota en largo. En ocasiones, Venezuela aplicó un concepto que antes le era ajeno: retrocedió para reorganizarse. Sin embargo, si el balón llegaba a Alain, una acción segura era el despeje. Y no uno preciso, ni que pudiera con facilidad convertirse en una maniobra ofensiva para la Vinotinto. Era, vulgarmente dicho, sacarse la pelota de encima.

Si a esto se le suma la poca movilidad de los volantes de primera línea –dígase Tomás y Seijas, una vez consolidados– se entienden las dificultades de Venezuela para arrancar las jugadas desde atrás. Por eso, la salida más eficiente era la conexión Vizca-Salo: pase largo para el Gladiador. Esta fórmula encontró su clímax en la Copa América gracias a Juan Arango. El zurdo, cuya carrera sí ha representado una adaptación absoluta, fungió de delantero y era capaz de dominar los balones más complicados, tanto por el aire como por el piso. En salida, le tocó lidiar mayoritariamente con los primeros.

Venezuela fue un equipo de bandas. Rosales, por la derecha; Cichero o Amorebieta, por la izquierda, buscaban pases largos. Las pocas veces que el equipo no salió con el balón por el aire y no sufrió una pérdida tras intentar salir en corto, logró avanzar, a trompicones, por los laterales. Si el avance se producía mediante asociaciones colindantes, seguro que Tomás estaba involucrado. Quien terminara siendo el capitán de la selección apoyó la salida en los costados, mientras que Luisma, ocasionalmente, trataba de incrustase entre los centrales o pedir la pelota frente a ellos.

Las bandas fueron importantes porque Venezuela no sabe ocupar el medio. Si alguna vez la Vinotinto logró asentarse en campo contrario con pelota dominada fue tras recuperar el balón en esa zona de la cancha. Esto nunca fue posible avanzando de forma colectiva. Aunque hay que rescatar dos cosas: uno, asociaciones entre un volante de primera línea, un lateral y un medio de segunda línea o un delantero, produjeron triángulos efectivos cerca de las líneas de cal; dos, ante rivales como Brasil –en la Copa–, o Ecuador –en la Eliminatoria–, Venezuela pudo tener esporádicos momentos de progresiones conjuntas que transitaron de forma decente por todas las etapas del ataque posicional: inicio, desarrollo, finalización.

Por lo demás, se llegó al área a trompicones, cuando se pudo llegar, usando los costados y centrando en exceso. Se buscaba hacer algo difícil en el fútbol: anotar de primera. Lo más ortodoxo quizá hubiese sido pretender llegar al gol tras una segunda jugada, pero la ocupación dentro del área rival no fue muy óptima. Cabe aclarar que, no obstante, alguna vez se produjeron goles tras un primer remate.

No todo fue tan deficiente: se prometió sin llegar a ser. La evolución de Tomás Rincón, quien llegó a tirar caños y pases profundos; la capacidad de Luisma, cuya titularidad fue un acierto, para limpiar las jugadas; el talento de Ronald Vargas, retrocediendo la pelota para dejar de cara, recibiendo entrelíneas o tocando de primera; el Arango de la Copa América, quien con un giro de cadera organizaba al equipo; y la llegada de Jeffren Suárez, técnicamente más capaz que el resto de los venezolanos, sirvieron para mejorar a Venezuela con la pelota. Para hacer pensar que sí se podía, que las variantes no eran tan utópicas.

Dejando eso de lado, la Vinotinto, con el balón, fue un conjunto que quiso y no pudo. La excesiva verticalidad de los volantes centrales, la poca dinámica de jugadores no acostumbrados a organizarse con el balón, la ocupación irracional de espacios –varios futbolistas en línea en vez de estar escalonados–, y los groseros errores técnicos –de pases, sobre todo– que la mayoría cometió, derivaron en un conjunto que rara vez se mostró peligroso con sus posesiones. En un equipo que pretendía llegar con cuatro o cinco jugadores al área, pero no causaba peligro. En una escultura deforme.

Sobre la espalda del genovés / Transiciones ataque-defensa

Tomás Rincón fue la transición defensiva. Nació para recuperar balones. O entrenó para tal fin. La calidad de su preparación diaria se evidencia en su físico: en su primer año en Alemania ganó ocho kilos de masa muscular. Semejante desarrollo le ha servido para solventar sus carencias con balón: cuando tiene la pelota, en vez de recurrir a filigranas, abre los brazos y aleja a su marcador. Esas virtudes físicas lo ayudan a aparecer mágicamente en casi toda la cancha durante una transición defensiva. Con la Vinotinto sucedió así.

Pronto se convirtió en el futbolista que mejor interpretaba las instrucciones del cuerpo técnico. En la gira de Asia, luego de que se pidió tener un equipo que mordiera, persiguió a los rivales hasta ahogarlos. Presionar tras la pérdida sólo tuvo sentido cuando Rincón estuvo involucrado.

Ese equipo que atosigaba al rival fue disminuyendo en intensidad. Cuando esa presión, con uno o más jugadores (pressing), se producía en zonas altas de la cancha, la Vinotinto llegó a mostrar cierta prolijidad; por el contrario, mientras más atrás se ejecutaba, más grietas se veían en la misma.

Parte de este problema tuvo que ver con la poca capacidad de anticipación de los defensores. Su genotipo los inducía a ir hacia atrás. Si Venezuela perdía el balón en su mitad de la cancha, los centrales reculaban. Esto se tradujo en amplios espacios para el rival, la mayoría de las veces, entre la espalda de los volantes de primera línea y la frontal de los centrales. El equipo se rompía: los mediocampistas atosigaban y los defensores retrocedían.

En la Copa América, Chita dividió el bloque en dos: si las pérdidas se producían arriba, el equipo mordía; si se producían abajo, la indicación era retroceder. El problema estuvo cuando sucedían en el medio: Tomás quedaba a la deriva, analizando la situación: si se encontraba en desventaja numérica, buscaba retrasar o entorpecer (temporizar) el avance del rival; si se sentía en ventaja, apuraba la recuperación. Esta variable se llevó a cabo con lagunas que se mantuvieron durante la Eliminatoria. Y ni Tomás, el chicle que pretendía unir un casi siempre equipo largo, podía darse abasto para contener las agujas que perforaban al conjunto.

Cuando le sueltan las riendas, es caballo desbocao / Defensa posicional

“Analizando los videos, se ve ya la idea de la presión alta, de tratar de incomodar la salida rival”, respondió Mauricio Lazzaro, asistente técnico de Noel Sanvicente, al ser cuestionado sobre la forma que quería adoptar la Vinotinto, tras su presentación en Corea del Sur. El joven ayudante exponía, sereno, una de las particularidades que había mostrado, con mayor o menor acierto, el embrionario equipo de Chita, tan sólo un rasgo distintivo de la nueva y combativa personalidad.

Sanvicente, fiel creyente de la agresividad defensiva, había dado la orden de ahogar al rival. Sin balón, la intención no era esperar el error de los coreanos, sino provocarlo. El deseo produjo resultados heterogéneos: por una parte, impidió, en ocasiones, que el guardameta Jin-Hyeon Kim participara en las cadenas de pase de su equipo y forzó uno que otro error de los asiáticos; no obstante, esa obsesión por morder dejaba parcelas de terreno desamparadas, huecos que derivaban en desorden defensivo.

Venezuela podía fastidiar la construcción del juego coreano, pero era incapaz de reducir las cuotas de peligro que las posesiones asiáticas atesoraban. Incomodaba, mas no reprimía. El problema era aún mayor cuando Heung-Min Son y sus compatriotas se asentaban relativamente cerca del arco de Dani Hernández. En cada intento de robo fallado, los de azul y rojo se encargaban de castigar los espacios desiertos. Y, para más inri, el dinamismo de volantes de segunda línea y delanteros venezolanos encontraba su antónimo en la inercia de la zaga vinotinto. Faltaba empaque.

Contra Japón, Luisma entró por Josef en el once para aportar más mediocampismo y Roberto ocupó la posición de Édgar. Más recorrido, más juego sin balón. El resultado fue un 4-4-2 compacto y simétrico, con un sentido de responsabilidad mayor por parte de los volantes que iban por fuera. Venezuela ganó consistencia, aunque eso implicase retroceder metros en la cancha.

Que por momentos la Vinotinto terminara arrimada a Dani para defender pareció un dato menor frente al comportamiento que entusiasmó al cuerpo técnico: otra vez, la presión, que en esta oportunidad adquiría una connotación ofensiva. Frente al equipo de Honda, Venezuela generó peligro, precisamente, por apretar. Fue como si el conjunto de Chita, cual tiburón, oliese la sangre japonesa para determinar cuándo ir a morder. Una conducta que tuvo mucho de instinto, aunque también de estudio y planificación.

Durante la era Sanvicente, la Vinotinto ha interiorizado ciertos indicadores que le permiten saber en qué momento debe presionar. Los conceptos no son complejos ni innovadores, sino sencillos y universales: Venezuela puso especial empeño en recuperar la pelota cuando el rival recibiese de espaldas, cuando controlase mal o cuando retrasase el juego. Quería forzar errores, pero para ello también debía ir a buscarlos.

El modelo defensivo demandaba, además, una dosis importante de convicción, factor de valía incalculable en los éxitos acumulados desde la época del Doctor Páez. Venezuela necesitaba creer que la corredera valía la pena, que el esfuerzo podía provocar un robo y hasta, por qué no, una oportunidad para anotar. Ya había alertado Noel después de la gira asiática que la presión en toda la cancha a veces se daba, pero que todavía faltaba tiempo, trabajo y dedicación.

Ese talante guerrero tuvo un pico tan emocionante como esporádico en el amistoso contra Chile, el cuarto partido de la era. Fueron apenas diez minutos, pero sirvieron para constatar un par de cosas: la primera, que sí, que en efecto la selección podía convertirse en un equipo incisivo a partir de la presión; la segunda, que para que eso sucediese debía elevar sus niveles mentales –mantener la concentración durante todo el partido– y físicos, más allá de la abrumadora diferencia futbolística entre ambos países. "La idea es sostener esa intensidad que necesitamos, porque por momentos se alcanza, pero no se sostiene", precisó Sanvicente en su primer memoria y cuenta, por allá por diciembre de 2014.

Meses de trabajo después, la Venezuela de la Copa América se alejaría de la figura del caballo desbocado. Con las riendas puestas, el equipo transmitió que había más sistematización en todo aquello. Los jugadores estuvieron juntos y defendieron relativamente lejos de Baroja, sin suprimir las inevitables fases de amuñuñamiento en el borde del área, sobre todo en contextos como el del partido frente a Perú. Aun así, la Vinotinto cumplía con una tarea pendiente del proceso, que era, precisamente, defender bien cuando estuviese cerca de Alain. Contra el equipo de Gareca, pudo hacerlo incluso con un futbolista menos. Abrió parcialmente las puertas de las bandas y protegió el centro para contener a Cueva, Guerrero, Pizarro y compañía.

La Copa, no obstante, fue más de ajustes que de reformas. Venezuela se esmeró en consolidar una primera línea de presión que había sido mostrada desde principios de ciclo y cuya ejecución estaba pensada para frenar salidas por los costados. Arango y Rondón, juiciosos, escogían cuándo hacer sombra a los centrales; mientras que Guerra y Vargas, avispados, estaban listos para molestar a los laterales cuando estos recibiesen el balón. Sortear esa alcabala, incluso para Brasil, no era pan comido.

El mecanismo formaba parte de un sistema de vigilancias que estaba impregnado con la cultura del esfuerzo. Lobito y Ronald no sólo estarían pendientes de los laterales rivales en salida, sino que estaban dispuestos a perseguirlos hasta el área de Baroja. Lo mismo pasaba con Roberto y Gabriel, que podían ir a presionar hasta el fin del mundo, con tal de que el receptor fuese su marca y estuviese de espaldas. De esta forma, desbordar a Venezuela requería fútbol del bueno. Y un poco más.

Por extraño que parezca, updates más, updates menos, el coctel defensivo ha sido el mismo durante las Eliminatorias. Salvo el partido en La Paz, donde Venezuela repitió el planteamiento regala posesión que ya había mostrado en el tercer partido de la era, el equipo intentó hacer lo mismo. Intentó, e incluso pudo, hasta que cada gol regalado fue encorvando las espaldas vinotintos. El equipo fue perdiendo la convicción y con ella la intensidad tan necesaria de la que había hablado Noel. El resultado fue un grupo que defendió peor, por más de que cuatro de los siete goles encajados frente a Paraguay, Brasil y Ecuador no tuviesen que ver con esta fase del modelo.

Paciencia para volar / Transición defensa-ataque

Con el Zamora todavía dándole vueltas en la cabeza, Noel pretendió que su Vinotinto fuera letal al recuperar el balón, que desplegara un fútbol “de correcta transición defensiva-ofensiva” y no un burdo juego de contragolpe, etiqueta un tanto injusta para lo que se había fraguado en Barinas.

Robar arriba, cuestión obvia, facilitaría la pretensión de embestir rápido y con fuerza, atacar con pocos toques y acumular muchos tiros al arco. Tarea más complicada era generar los mismos remates, con el mismo número de pases, pero arrancando a setenta metros del arco contrario y con el rival encima.

En ese contexto, lo primero que había que hacer para empezar a galopar hacia la valla enemiga era salir de la presión. Después de recuperar la pelota tan cerca de su portero, Venezuela –y cualquier selección– necesitaba desahogar el juego. Ir a una zona del campo menos poblada y a partir de allí decidir si quería meter quinta o analizar mejor la ruta.

Tan clave como ir a parcelas menos habitadas era que el jugador que tomara la decisión de cómo atacar –buscar rápido el otro arco o iniciar el juego tocando desde el fondo– tuviese la cancha de frente para estudiar mejor la situación. Para que eso ocurriese, el vinotinto que recuperase la pelota debía dar un pase de seguridad. Un toque que alejara el balón del atosigamiento rival.

Valioso en este sentido fue Ronald Vargas, uno de los pocos futbolistas venezolanos que se manejan bien bajo presión, que son capaces de dar un toque tenso con una serenidad impropia de las transiciones y que pueden, además, aguantar la pelota hasta que llegue un compañero. Uno de esos jugadores que no la pierden.

Junto con Ronita, Juan Arango era uno de los más influyentes en este contexto. Su zurda legendaria, experta en tomar decisiones, podía cargarse el peso completo de un planteamiento, tal y como ocurrió en el amistoso frente a Bolivia, en el tercer partido de la era. Aquel día y en el sucesivo encuentro frente a Chile, la pierna de Juan fue la guía que condujo las transiciones ofensivas. Sortear la presión con un simple gesto y colocar balones como con la mano eran dos cualidades que la faceta del juego requería. Aunque si estas características escaseaban, siempre quedaba la opción de poner a luchar al Gladiador.

Salomón Rondón siempre ha sido un recurso, una vía de escape, tanto para salir como para contratacar. En una selección que le tiene fobia a la presión, levantar la cara y lanzársela al nueve no es una mala alternativa. Al final, la Vinotinto se pareció muy poco al Zamora porque nunca tuvo la calma para resetear la posesión en plena tormenta. Tras robo, la selección no tuvo la tranquilidad necesaria para organizar una transición ofensiva que no terminase chocando contra los muros que el rival ponía en las bandas.

...

Entre todos los argumentos fáciles y reduccionistas a los que se han recurrido en la turbulencia, quizá el único que merece detenimiento es el que señala que la Vinotinto de Noel perdió poder en la pelota parada en relación con la de César Farías. La marca mixta para defender los tiros de esquina no siempre dio buenos resultados. Y la forma de encarar los tiros ofensivos tampoco generó tanto peligro como antaño. Aclarado esto, y desafiando otro reduccionismo, a Chita se le puede acusar de muchas cosas, menos de no tener el mapa claro. Que a la hoja de ruta le saliera moho es otro asunto. Fue coherente con su modelo de juego, con el camino que escogió desde el inicio. Y esto no evitó el fracaso. El árbol que prometía tener un tronco sólido y afianzar sus raíces se dobló en mitad del crecimiento. Quitarle el moho a un papel, ya se sabe, no es tarea sencilla.

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